viernes, 18 de agosto de 2006

Edinburgh remains



He hablado tantas veces de ti que creo que ya es imposible expresar la idea.
Te acabo de personificar, quizás, como último recurso.

He conocido un trozo de Edimburgo. Un trozo espacial y temporal. Un Edimburgo atemporal, irónico y sucio.
El pedazo medieval en el que he vivido, al que daba mi ventana. Allí llegué al atardecer, en tren, con unas cuantas gaviotas volando sobre mi cabeza.
Siete horas de viaje no fueron suficientes para distraer mi mirada de la luz cayendo sobre los edificios de roca y chimeneas infinitas. No quise ver demasiado.

Quedan muchos días aún para pasear. Cada noche de conciertos, descubriendo algún bar aún más inquietante o acogedor que el anterior. Enamorándome cada noche. Imaginando cientos de historias de amor en nuestro top floor de Southbridge Street.

Creo que la melancolía que éstos párrafos esconden sólo es explicable de una forma. Es inicialmente muy incomprensible en una ciudad donde las calles se disfrazan y las botellas de cerveza corren por las calles que parecen haberse estancado en algún momento de los años 50. que aparte del disfraz, del sol, del calor, el Edimburgo de los callejones oscuros, de asesinatos a media noche, crímenes misteriosos entre la niebla y la lluvia de los que escriben y han escrito los tan prolíficos autores ingleses quedaba debajo de todo aquello. Y no me resultó difícil imaginarlo.

Ahora sólo me quedan unas cuantas fotos malas de lo que era –y está siendo, pero para mí ya acabó- y unos cuantos recuerdo.

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