domingo, 28 de octubre de 2007

otoño IV

Te guardo en mi bolsillo y, en ocasiones, me pareces ya demasiado pesado. Me solía mentir diciendo que buscaba un lugar donde depositarte o que andaba buscando por Madrid el mejor lugar donde empeñarte. La verdad es que paladeaba tu dulce peso, las agridulces cadenas de tu recuerdo.
Intenté abandonarte en varias botellas de vino,
cientos de latas de cerveza comprada rápido
por malasaña a algún pobre chino
Que él no tiene culpa de nada,
que tiene que pasar frío para satisfacer nuestras faltas de calor,
en éste otoño más que nunca.
Mi chino-hada -madrina de malasaña que me ofrece calor a cambio de un euro.
Cientos de latas de cervezas y otros cuerpos,
que nunca son suficientes,
porque ninguno se parece a ti.

Debe ser que me acostumbré –mal- a sentir ausencias, que vivo así la dualidad –ausencia/ presencia, bien/ mal, rojo/ gris- omnipresente sobre nuestras cabezas. Que mis alivios son sólo temporales y que sólo existen alivios temporales. Que siento la falta de calor y no el frío. Que sólo vivimos ausencias.

3 comentarios:

  1. después, te daré a tí la llave. Y escóndela bien, sobre todo los domingos y los otoños, porque se dónde encontrarte

    ResponderEliminar
  2. mal acostumbrarse a la ausencia, será como evadir la soledad, o tratar de canjear nuestra soledad con la de otra persona.
    Lindo texto

    ResponderEliminar

cuando sabes que no tienes nada que perder
el universo conspira porque alcances tus objetivos