lunes, 28 de abril de 2008

on monday

[...] tan pegada a las cosas más misteriosas. Ahí está, fíjate, no era capaz de creer en los nombres, tenía que apoyar el dedo sobre algo y sólo entonces lo admitía. No se va muy lejos así. Es como ponerse de espaldas a todo occidente, a las Escuelas. ES malo para vivir en una ciudad, para tener que ganarse la vida. Eso la iba matando.

Pensaba que podría seguir gritando eternamente, en un desgarro mudo, soñando figuras sin nombre y mostrando, en su silencio, la esencia, lo que no se lee con palabras, las cosas que sólo ella podía intuir. Con ese pensamiento no podía vivir entre nosotros, pero cuando alguien vislumbraba un trozo de su realidad a la luz del caleidoscopio, entonces, sabíamos que estaba aquí.

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