sábado, 17 de mayo de 2008

las liebres en marzo están en celo

No voy a escribir algo sobre los poetas
–esa gente de malos vicios que utilizan palabras como penumbra-
ni sobre los excesos de pronombres y los juegos de azar,
ni sobre promiscuidad de media mañana, ni mis horas del té,

ni sobre todo lo que no merezco Marzo, ni marcar números de teléfono
ni decir que ayer descubrí a éste Pedro Salinas (gracias)

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

No voy a escribir sobre adoptar papeles,
ni sobre la inestabilidad estable que rige mis pasos,
tampoco sobre nubes, maletas, andenes, caleidoscopios ni cafés
al menos hoy
ni tampoco intentaré buscar interlocutores más o menos imaginarios
por no hablar de ti
ni hablaré de mí en segunda persona –por no inculparme más de lo que lo hagan estaspalabrassobrepantallagris-
Un día entras en un bar, escoges la mesa más apartada y oscura
pides una botella de vino y hablas un buen rato
con nadie
y empiezas a llorar, por no reír. Sólo porque es mucho más poético.

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