lunes, 13 de octubre de 2008

de andenes (II)

Sabina decidió pensar y decir a partir de ese día las cosas una sola vez.
Para que no se convirtieran en promesas manidas, ni futuras objeciones escépticas, ni para ocupar su cabeza de palabras raídas y ajadas. Desde que murió su perra Claudine sabía que la vida era muy corta, así que se liberaba de todo ese peso de levedades entintando servilletas. Ella sabía que las cosas sólo existen en su cuaderno marrón o alguna ráfaga de viento que se llevó unos cuantos te quieros salidos de una boca ya tan ajena, que debe andar levantando alguna falda de alguna japonesa.
Sonríe al imaginarlo. Porque esos átomos de aire son los mismos que habitaban un mismo espacio y dos bocas, pero es absolutamente otro, el mismo en algún otro recuerdo entre sábanas y pequeñas gotas de tinta negra. El mismo sólo para ella. Igual, distinto, qué más da. Pero otro, renovado, y haciendo de las suyas. Haciendo sonreír a alguien y llorar a otros.
Sabina adora los andenes y tiene cierta inclinación de niña mimada a la melancolía. Es un pequeño placer sangriento y gris del que le gusta disfrutar a solas en esos lugares de nadie, de encuentros, pañuelos, maletas, lágrimas, hierro, cemento y bancos.
Sabina lleva un abrigo verde, una maleta roja, y un pañuelo en el bolsillo para cuando alguien se va.

2 comentarios:

  1. Aquí hay un lugar donde la gente deja sus servilletas entintadas... aunque ahora que lo pienso esos lugares los hay en muchos sitios, como aquí.

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cuando sabes que no tienes nada que perder
el universo conspira porque alcances tus objetivos