viernes, 3 de julio de 2009

calor de julio

Casi ni me sorprendo o me indigno mucho cuando oigo de primera mano que un alma descorazonada le dice al otro que tiene sentido estar juntos, aunque sea por pena. Y casi ni me sorprendo o me indigno mucho. Dos de la mañana. No me apetece ninguno de los libros que he comenzado recientemente, así que decido ir en busca de uno nuevo.

Mortal y rosa. Escuché referencias en un patio de butacas amarillas y otro día cualquiera lo encontré mientras paseaba entre estanterías de libros -una de las cosas que me hacen sentir bien, junto con mi crema hidratante nueva de vainilla- y decidí robarlo. Es lo que me apetece hacer con las cosas que deseo, pero no lo suficiente como para pagar por ellas.

Desde mis sábanas y con la poca luz con la que me he acostumbrado a leer, medio granate desde una imitación de lámpara del s. XIX, Umbral me empieza a soltar verborrea mental desde el hígado. En cuanto me doy cuenta, me está hablando de su pene, su antropoide. Y yo sigo leyendo desesperada porque no me lo creo. Inexplicablemente, intercalo la lectura de líneas y líneas desenfrenadas fálicas con miradas fugaces a la gran foto en blanco y negro que el señor ha tenido la gentileza de imprimir en la trasera. Umbral me mira, reposando sobre un bonito sillón orejero -siempre quise uno-, y yo no puedo dejar de pensar en la piel blanca -tan blanca como la mia- y en su atropoide. Será éste calor de julio.

"Blanco, digo, blanco de leche, de lirio, de blancura incurable. Ahora la gente blanca se pone al sol para teñirse. Mal hecho. Eso da cáncer. El bronceado es un vestido, un disfraz. Una mujer muy blanca está más desnuda."

jueves, 2 de julio de 2009

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